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Expansión 5-05-2008
A principios del s. XX, alguno aseguradores del estado de California se dieron cuenta de que, cuando cubrían el riesgo de incendio de restoranes chinos, la frecuencia de incendios en dichos establecimientos se multiplicaba. Este es el ejemplo más extremo de los que los anglo-parlantes llaman “moral hazard” desde el siglo XVII y que viene traduciéndose mal al español como “azar moral”. Escribo estas líneas para proponer una traducción más intuitiva de la expresión que facilite su compresión para el público general , porque es un fenómeno que parece estar extendiéndose en la vida financiera de hoy como … como el fuego por un barrio chino en el que los restoranes están generosamente asegurados. En su versión más inmediata, consiste este fenómeno en el efecto contraproducente de la cobertura de un riesgo, cuando esa cobertura induce a que el asegurado corra más riesgo que si no tuviera cobertura. Pero no es necesario que la conflagración o accidente inducidos ocurran inmediata o visiblemente. Por eso propongo que se le llame “riesgo inducido” mejor que “siniestro inducido”. El concepto de riesgo inducido cubre fenómenos que quedan muy fuera del campo de los seguros. Así, incluye las medidas a la postre contraproducentes que han venido tomando las autoridades financieras ante la crisis financiera que se inició el verano pasado. También avisa de la incitación a la piratería fomentada por debilidades como la del Gobierno español en el secuestro del pesquero “Playa de Bakio”, pasando por la inducción a conductas personales contrarias a lo buscado por la autoridad; o señala la reducción del ahorro personal traído por el sistema de pensiones no capitalizadas de la Seguridad Social. Es sabido que una de las funciones de los bancos centrales es ejercer de prestamista de última instancia. Consiste ello en evitar que la quiebra de algún banco quiebre y deje el sistema sin medios de pago. En efecto, la mayor parte del dinero que empleamos particulares y empresas no consiste en las monedas y billetes que llevamos en el bolsillo sino en los depósitos que los bancos comerciales custodian para nuestro uso: una cadena de suspensiones de pagos en la banca comercial supondría un durísimo golpe a la liquidez del sistema monetario de un país y quizá del mundo entero y seguramente daría lugar a un pánico general como el que ocurrió en 1929-30. Sin embargo, cuando un banco se ve obligado a salvar algún banco comercial o de inversión que haya invertido sus dineros de forma imprudente, está fomentando un falso sentido de seguridad con graves consecuencias para el futuro. Ejemplo reciente de un salvamento de este tipo fue el de Northern Rock en el Reino Unido, cuando esa caja de ahorros se vio forzada a acudir al Banco de Inglaterra porque nadie le prestaba dinero a corto en el mercado monetario para financiar sus préstamos hipotecarios: el pánico se apoderó de los depositantes, formaron largas colas a la puerta de las sucursales y el Gobierno británico intervino para asegurar la liquidez de las cuentas corrientes de dicha caja durante un año; luego se vio forzado a nacionalizar la institución para reflotarla y revenderla en un momento futuro sin definir. Otro incidente ocurrió en EEUU y fue el salvamento in extremis de Bear Stearns, un banco de inversión de Wall Street con graves problemas de liquidez. Supuso ya de por sí una infracción de las reglas de prudencia en del mercado financiero. En efecto, el sistema de la Reserva Federal tiene prohibido prestar fondos a instituciones como los bancos de inversión, que no forman parte de su club de bancos comerciales. Como Bear Stearns era un inversor “demasiado grande para permitir que quebrara”, cual reza la expresión consagrada, el Banco de la Reserva Federal de Nueva York prestó fondos a J.P. Morgan para que a su vez este banco se los prestara al banco en dificultades, a cambio de quedárselo a precio de saldo – ¡qué a precio de saldo!, a precio de incendio. Ahora, el presidente y el Congreso de los EEUU están viendo la forma de ayudar con fondos públicos a los propietarios que no pueden pagar la hipoteca, para que no se queden sin hogar. Salvar a bancos y propietarios de inmuebles de las consecuencias de sus acciones imprudentes es una incitación a que ellos u otros repitan lo mismo durante la próxima burbuja especulativa. Cierto es que los accionistas de los bancos “salvados” habrán perdido la mayor parte de su capital, pero no estoy tan seguro de que los gestores responsables del desaguisado hayan cargado con todas las consecuencias de su imprudencia. Toda medida de protección o indemnización en la que aparezca una asimetría de información puede dar lugar a comportamientos abusivos. No es sólo en el mundo financiero donde el riesgo inducido se ha convertido en una preocupación grave. Si la persona protegida puede comportarse de forma subrepticiamente engañosa, aparecerá el riesgo inducido: por ejemplo, es sabido que la obligación impuesta a los conductores de atarse con un cinturón de seguridad lleva a una disminución de los accidentes para dichos conductores pero a mayor riesgo daño para los peatones. Incluso puede darse el caso de que uno se engañe a sí mismo, como cuando se anuncian galletas sin grasa pero abundantes en calorías, que producen una engañosa sensación de seguridad a personas expuestas a la obesidad. El concepto de riesgo inducido va incluso más allá de las medidas legales o administrativas encaminadas a proteger a depositantes de fondos, a conductores imprudentes o a obesos incontinentes contra las consecuencias de sus propias acciones. También hay que examinar con cuidado toda decisión pública que busque aliviar las consecuencias dañinas de una acción individual imprudente o inclusive delictiva. Parece que el Gobierno español, no sólo ha pagado el rescate de los marineros secuestrados en la costa de Somalia, sino que ha prohibido a nuestra Marina cualquier acción de represalia contra los piratas. Si es así, la incitación a repetir los secuestros es irresistible.
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